agosto 24, 2011
¿Lucrar con la violencia o un acto de terrorismo?
Envueltos en bolsas de celofán y con una impresión en papel de la imagen de la portada, en un puesto cualquiera se vende películas piratas en DVD. Junto a Casino Royale y Alguien tiene que ceder leo un título un poco distinto: zetas vs sicarios 2.
-¿A cómo los discos?
-A 10 el que te guste.
-¿Ésta de qué es?
-Es un video documental con imágenes reales de ejecuciones –responde la mujer que atiende el puesto. No debe tener más de 25 años.
-Ah –es lo único que digo y la miro. Ella sólo aprieta los labios y afirma sin convicción con la cabeza.
Documental, repito en mi cabeza. La portada tiene un +18 sólo para mayores de edad. Como en las películas originales, en la parte inferior de la contraportada vienen los extras del DVD: idiomas, subtítulos, casting, hasta trae la dirección web de Universal Studio y por su puesto escenas del contenido, imágenes sangrientas.
La portada es para quitar el sueño. Dos fotos. En la de arriba un hombre sin vida tendido en el suelo, maniatado al frente, amordazado y sin ropa. Parece que mira a la cámara. Los ojos abiertos, redondos redondos. En su rostro la expresión dolorida del último grito que no alcanzó a dar, ahogado por el trapo blanco manchado de rojo que tiene en la boca. Y cómo no iba a gritar si su cuerpo fue cruelmente adornado con 30 cuchillos clavados en todo su largo. Tres en el rostro: junto al ojo, en el cachete y en la comisura de los labios. Costras de sangre seca por todo su cuerpo. El sol cae radiante y de costado. Pies de curiosos a su alrededor.
La segunda foto de la portada, la de abajo, es más sencilla de describir y a la vez más aterradora, grotesca. Se trata de una mujer acostada sobre una sábana blanca. El cabello enmarañado cubre su rostro, la blusa levantada con violencia deja ver el brasiere; más abajo su brazo cruzado a la altura de la boca del estómago y luego su ombligo ya no aparece, sólo hay vísceras, piel desgarrada, carne roja sin forma, desparramada.
Entre una foto y otra el título: zetas (en color verde) vs (en blanco) sicarios (rojo) 2 (en amarillo).
La portada podría quitar el sueño, o quizá ya no, no al menos para ciertas personas.
-¿Y se vende bien?
-Pues a los que les gusta todo esto sí las compran.
¿A quién puede gustarle “todo esto”? ¿Qué es “todo esto”?
-Ha de estar fuerte –le digo.
-Sí, algo.
Algo, pienso.
-¿Tú ya la viste?
-No, esa no. Vi la uno, y sí está fuerte. Pero esa, no. Además, como luego tengo aquí a mis niños no puedo estar viendo eso.
Tiene niños…
Me llevo Casino Royale y zetas vs sicarios 2, tengo curiosidad. Interés profesional, me engaño a mí mismo.
Ya en casa dejo el sádico DVD en el librero de mi cuarto. No me atrevo a verlo. No es tan fácil como pensé. La retórica de la ética me satura. Pienso en la madre de la mujer de la portada, en el hermano del hombre de la portada, ¿habrán visto ya esta escalofriante producción clandestina?, ¿qué habrán sentido al ver las imágenes de la manera en la que murieron sus familiares reproducidas masivamente? En el conteo diario que los medios llevan sobre el número de ejecutados hace falta dignificar a los muertos.
Al quinto día, para el jueves, quizá una vez que superé las nauseas que me provocaba la portada, pude armarme de valor y sacar el disco de su envoltura de celofán. Pos suerte el DVD era como todos los demás: redondo y blanco.
Inicié la reproducción en mi laptop. El primer clip es realmente impactante. Se trata de una grabación tomada del blogdelnarco.com, ese espacio en la red de redes creado por un estudiante del Tec y que poco a poco ganó fama hasta convertirse en una página a la que llega información, principalmente fotos y videos, sobre los combates derivados del narcotráfico que no se pueden publicar en otro lugar. Primero fueron reporteros los que pasaban las fotos que los medios no publicarán, luego los mismos agentes de las fueras de seguridad filtraban las fotos, los videos; actualmente hasta personas dentro de las estructuras criminales mandan los archivos al blog que tiene la primicia de no atribuir a nadie la autoría de las imágenes.
Pero sólo el primer video es realmente fuerte. Se trata de la grabación de una decapitación luego de un interrogatorio. Los demás clips son tomados de noticieros de medios como Milenio TV, Televisa y TV Azteca. Más de una veintena de pequeñas notas de no más de 3 minutos. También narcocorridos y canción de hip hop.
¿Quién produce estos DVD? ¿Y con qué objetivo? ¿Sólo para lucrar con la violencia y el morbo, o con algún tipo de fin mediático? El nombre en sí es algo digno de analizarse. Zetas vs sicarios. Es decir, quien tituló así la producción quiso hacer una diferenciación entre los sicarios, asesinos a sueldo, y los integrantes de la banda criminal Los Zetas, creada por ex militares inicialmente como brazo armado del Cártel del Golfo.
¿Este tipo de discos podrían considerarse un acto de terrorismo?
abril 24, 2010
QUE LOS INGENUOS SE MUERAN DE MIEDO
Desde que se paró en el escenario pasadas las ocho y media de la noche, recibido con la euforia de un Auditorio Nacional a medio llenar y que al final lució repleto, Joaquín Sabina parecía decir algo. Además de su distintivo sombrero negro, ese que se replica cada tanto entre sus seguidores, salió con un saco de camuflaje militar, y atrás, entre el cruce de las solapas, se asomaba un tímido signo de interrogación que implícitamente preguntaba ¿por qué?
Empezó con Tiramisu de Limón, una rola de su nuevo disco, Vinagre y Rosas, que vino a promover con esta gira a la que le quedan seis conciertos de vida. Desde el inicio, una señora allá abajo, en la zona de más de mil quinientos pesos, ya bailaba en su lugar. No faltó quien le hiciera segunda y tercera: se pararon, gritaron, aplaudieron.
Será que en México es mal visto ser capitalista aunque culturalmente somos más cercanos al norte del continente que al Caribe; o que simplemente los gobiernos de derecha se han puesto el pie ellos solos; o que en la Ciudad de México en verdad hay una arraigada ideología de izquierda; sea cual sea el motivo, a Sabina –que en sus canciones además de hablar de alcohol, amantes y drogas, lamenta que en la fatua Nueva York / da más sombra que los limoneros / la estatua de la libertad, y que apenas declaró que no firmará contra Cuba (por la muerte del opositor Orlando Zapata) mientras exista Guantánamo y persista el bloqueo–, a él, se le hizo sentir el cálido apoyo mexicano durante su último concierto en esta capital.
A penas un par de canciones y el cantautor dedicó el concierto a personas que son parientes directos de dos de los mexicanos que más admira, admitió: Paloma, hija de José Alfredo Jiménez, y Cuauhtémoc Cárdenas (fundador del PRD) “hijo de ¡Mi General!”. Y carraspeó un ¡viva México, cabrones!, que hizo vibrar al auditorio.
Luego el concierto se puso melancólico y tequilero con Boulevard de los sueños rotos, donde bien dice al cantar que “las amarguras no son amargas cuando las canta Chabela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”. Aprovechó para recordar su admiración hacia la mexicana de más de 90 años. Calle melancolía y Vinagre y rosas, sencillo que da nombre al disco y a la gira, le siguieron.
Con su nueva corista, Mara Barros, a quien presentó resaltando que no tiene un gramo de silicona, realizó algunos performances, como el de la canción Medias Negras, donde la mujer se vistió de “cenicienta de saldo y esquina” bajo la luz de una farola y le robó el corazón al español. “En mi casa nada está prohibido”, presumió Sabina en Peor para el sol y me lo imagine esnifando “el último gramo”.
Recitó, como ya es costumbre en sus presentaciones, un poema antes de algunas canciones. Uno de ellos para enaltecer a México. Poema que erizó la piel. Si fuéramos entre los mexicanos como somos con los de fuera, que ven un país hermoso, seríamos otros.
Salió del escenario para, antes de hablar de amor, cambiarse esa chaqueta de apariencia militar por un frack negro.
El amor de Sabina es un amor difícil de comprender. Con eso de “yo que nunca tuve más religión que un cuerpo de mujer” y que por más que pueda dar la vida por alguien “sin embargo un rato cada día, ya ves, te engañaría”, la cosa se pone más difícil. Pero cuando cantó en Contigo que “amores que matan nunca mueren” tocó el corazoncito de todos esos, que como él, quieren ser bucaneros. Él sabe lo que es amar, de hecho se enamora con tanta facilidad que 19 días y 500 noches es lo que se tardo en aprende a olvidarla. Su forma de amar queda clara, cuando canta que Amor se llama el juego “en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño”.
El bohemio de sesenta y un años pesa como artista opositor. Quizá su canción más fuerte ideológicamente en este concierto fue Peces de ciudad, donde critica la avaricia de “la ley del tesoro en las minas del rey Salomón”. Y qué tal eso de que “en desolation row las sirenas de los petroleros no te dejan reír”. Y ¿será casualidad que se pregunte “cómo huir cuando no quedan islas para naufragar”, cuando en una canción (fuera de este repertorio) habla de “la boina mítica del Che? Por eso fue muy criticado, acusado de incongruencia, cuando fue a comer con Calderón a Los Pinos.
Una hora antes de terminar con su concierto, que duró casi las dos y media, comenzó con el juego de me voy y regreso al coro de ¡otra, otra!
Y en esa primer retórica del que mucho se despide pocas ganas tiene de irse, El Flaco, como le dicen de cariño, despejó dudas para quien considera que sus canciones son tristes. Explicó, a modo de disculpa, que los cuatro años de sequía se debían porque había caído muy bajo: era feliz. Y ya se sabe, dijo, que la felicidad es mala componer música. Además, continuó, las musas casi siempre están con Silvio.
Luego contó cómo su amigo Benjamín Prado estuvo ahí, y ahí era un bar, para Romper una canción (libro que narra cómo se escribió Vinagre y rosas) entre trago y trago hasta terminar en Praga. Y sonó Cristales de bohemia.
Se marchó y todos de pié no pararon de gritar, aplaudir, silbar, otra, otra, sa-bi-na, sa-bi-na. Y la euforia cuando reapareció. No faltó quien le gritara gracias.
La mayoría ya no se sentó. Y ahí fue donde sólo tuvo que cambiar una palabra. Entre un repertorio de ritmos rancheros, como el de Y nos dieron las diez. En Noches de boda cantó: “Que gane el quiero la guerra del puedo / que los que esperan no cuenten las horas / que los ingenuos (y lo dijo con enjundia y se oyeran algunos chiflidos) se mueran de miedo”. Y luego: “¡ay reata no te revientes, que es el último jalón!”. La letra continúa: “que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentiras, que no te den la razón los espejos, que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”.
Terminó y en su rostro enorme, proyectado en las pantallas gigantes, se le veía gozoso y retador.
En el último vaivén pinponesco del músico y su público, Sabina remató con La del pirata cojo, donde dice que si tiene que escoger una vida elige la del capitán de un barco pirata. Tomó su sombrero y dio una reverencia abanicando todo el Auditorio Nacional. Las luces se encendieron. La gente no paró de aplaudir y luego, en menos de tres minutos, la mitad ya estaba afuera.
enero 05, 2010
Niño pobre da limosna a catedrál con pantallas de plasma
Por: César MtzEn el púlpito comenzaba la eucaristía: humo blanco, campanadas agudas y movimientos sacros. En los pasillos y entre los feligreses pasaban personas con canastas para depositar las limosnas. Hasta atrás, más allá de las bancas, rezagadas y con el rostro de quien siente pena o se siente observada, estaban dos mujeres indígenas, con sus cabellos largos y alborotados, ropa sencilla y zapatos de plástico. Cada una de ellas cargaba en su espalda, con ayuda del rebozo, a una niña; acaso tendrían seis y cuatro años las pequeñas que moqueaban hasta los labios y se hacían bromas en su hermoso y casi extinto lenguaje. Sentados en el suelo había otros dos niños, más grandes de edad, traviesos e inquietos como todos. Y apenas un paso atrás, recargadas en el muro de la catedral de Xalapa, estaban dos niñas indígenas, ya de unos 13 años, aunque en realidad la pobreza les esconde la edad.
La catedral está próxima a sus 150 años, pero es muy moderna. En cada trabe hay una pantalla de plasma donde se puede ver al sacerdote dar su misa, y también están colgadas unas bocinas muy modernas para escucharlo mejor sin que el religioso se lastime su santa garganta. La misa es la primera de 2010 y la iglesia está abarrotada. El padre ya ha hablado de lo que es la familia, formada por un hombre y una mujer; también ha pedido una oración para nuestros funcionarios públicos y felicitó a su rebaño por estar ahí después de la cruda del año nuevo.
Si por casualidad tu mirada cruza con la de uno de los niños indígenas éstos no saben cómo reaccionar: instintivamente lo primero que hacen es tratar de sonreír, pero parece que ya olvidaron como hacerlo y en lugar de alegría lo que sale es una mueca que si te fijas bien tiene un poco de miedo, de autodescontento, no de vergüenza, son muy pequeños y sería una verdadera pena que conozcan lo que es esa palabra.
Las canastas de la limosna por fin llegan al fondo de la catedral. Son ocho, y más de un par de ellas ni siquiera miran a la familia indígena. Están llenas de monedas de diversas denominaciones y algunas tienen billetes, de a 20, 50, 100 y hasta de a 200 pesos. Una de las mujeres ha bajado a su criatura y la sienta sobre el rebozo para que no toque el piso frío, es que no tiene zapatos. La mujer no puede evitar echar una mirada a las canastas que llevan todo ese dinero, más de lo que ella podría tener en cualquier año nuevo, en cualquier navidad y en cualquier otro día.
Desde el suelo, uno de los niños también mira la canasta y todas esas manos que se estiran para dejar los dineros que tintinean alegres al caer. Entonces, quien muy probablemente es su madre busca entre sus ropas alguna moneda, y lo que encuentra se lo da al niño. Alegre, éste se levanta y estira su mano, suelta las monedas que tanto le hacen falta y regresa al suelo con una gran sonrisa. Piensa que es un juego, o quizá que hizo lo correcto, o, peor aún, su madre piensa que con eso su hijo irá al cielo, aunque la tierra sea un infierno.
Mientras el cura dice eso de tomad y comed porque es mi carne y tomad y bebed porque es mi sangre, uno no puede dejar de pensar en toda la falta que les hará ese dinero, y todo para qué, carajo, para que de ahí compren pantallas de plasma, bocinas, micrófonos, cámaras de seguridad y videocámaras. Qué jodida vida, estamos en la era medieval, dando lo poco que se tiene para comprar un cachito de cielo. La doble moral en las narices de dios. El demonio institucionalizado, exprimiéndole la vida a los más pobres sin piedad alguna. Y nosotros observando el espectáculo desde la primera fila. Ni para qué pensar en los 20 millones de mexicanos en pobreza alimentaria.
Una mujer que ha observado la escena llora. Llora en secreto y no es justo. ¿Te ha pasado que lloras de rabia? ¿De impotencia? ¿De saber que algo está mal y nada va a cambiarlo porque muy probablemente no es culpa de nadie? Y por supuesto, nadie se busca culpas gratis. Que otro se preocupe, que sea otra persona la que llore, yo no, yo estoy bien, yo tengo chamarra y dinero porque para eso estudié. No, no es culpa de nadie.
La hostia está lista y las personas se forman para comulgar. Por supuesto, los indígenas se quedan, ellos no pueden recibir a dios. En las pantallas se ve a cada uno de los feligreses comiendo esa insípida masa blanca.
Y en la parte final, cuando se le desea al prójimo que la paz del Señor esté con él, muy pocos dan la mano a esta familia de pobres, son ninguneados igual en la calle que en la iglesia. Y su voluntad se hará, pero añicos.
Ya fuera de la catedral, la mujer que lloró hizo suyo el problema y respondió como pudo: dándole un billete de 20 pesos a la señora indígena. No fue una limosna, fue simplemente querer ser un poco más justa y menos egoísta.
noviembre 11, 2009
"Prensa vendida, ojetes, lárguense... no los queremos aquí"
junio 13, 2009
Piratas del eje
I.
¿Qué necesita?, ¿qué le hace falta?, Tenemos Windows, mac, antivirus, traductores… Pregunta, mira, nosotros tenemos lo que necesitas, lo que te hace falta…
La misma letanía, reproducida una y otra vez a lo largo del eje central Lázaro Cárdenas, casi desde la Torre Latino hasta el metro Salto del Agua.
Hombres y mujeres en pasarela ofreciendo la más cara tecnología al precio más accesible para todos los bolsillos. De lejos, una línea difusa de mercaderes informáticos. De cerca, hombres y mujeres que se la juegan de 9 a 6, de lunes a viernes.
Especialistas en “torear a la chota”, artífices del ingenio, magos del escapismo. Con creatividad exhiben su mercancía en tablas portables que desaparecen en unos segundos. La policía sabe de ellos, conoce sus actividades y hasta les da el pitazo en caso de algún operativo inesperado.
Algunos vienen de lejos: Iztapalapa o Ciudad Neza; algunos más llegan de la Guerrero o de Tepito. Algunos sólo muestran la mercancía, otros también la manufacturan. El proceso para “romper” los candados de seguridad y crear copias fieles del original es, en palabras de Armando, “lo más papita que hay”.
Armando es uno de los tantos que se hacen de programas originales por sí mismo, evita adquirir mercancía de los proveedores oficiales e incluso ha diseñado la imagen institucional de su microempresa. Sus tarjetas son sencillas pero efectivas: “Armando: venta de todo tipo de programas al mejor precio”.
II
A primera vista, una batalla feroz se libra todos los días. Los posibles clientes son arrebatados frenéticamente por hombres que ofrecen exactamente lo mismo que el de al lado.
El secreto para vender más que los demás estriba en la apariencia personal. Tal vez por eso, quienes van en busca de tal o cual programa evitan los rostros sombríos y las miradas altivas, retadoras y amenazantes de algunos piratas del Eje Central.
Tal vez por eso Armando me pide que voltee disimuladamente a la derecha y señala a “otro más”.
-¿Cómo le van a comprar a ese cabrón si hasta parece que acaba de salir del reclu? - Dice Armando entre risas y señalando a “El Gokú”, sujeto de no más de 20 años, casi a rape, con un tatuaje de la santa muerte en el brazo izquierdo, ojos rojizos y cigarro en mano.
-¡Chinga tu madre, pinche Armand! - Grita “El Gokú”, también sonriendo.
“Armand” cambia sorpresivamente su semblante y me suelta un “¿tons que mi buen, te vas a animar a comprarme algo o te vas a abir?”
Me quedé en silencio unos minutos, ojeando la carpeta con los programas a la venta y señalé uno al azar. “De los mejores antivirus que hay en el mercado, carnalito, y ya viene con el queigen (sic) para que te de la clave de activación”.
III
Los riesgos para el comprador también están presentes en el Eje, y Gustavo lo sabe.
El se dedica, entre otras muchas cosas, a la venta de autopartes. Lleva más de 5 años en el negocio de la informática callejera y ya casi le alcanza para un local en la Plaza de la Computación.
El conoce muy bien el teje y maneje del negocio, sin embargo, su técnica de ventas es ligeramente distinta a la de Armando.
Su ojo clínico, su facilidad de palabra y su apariencia pandilleril son sus herramientas principales… la intimidación es su carta bajo la manga.
Aquel comprador incauto que cae en sus redes sale del Eje Central con una sonrisa en la cara, con el mejor programa y al mejor precio.
Demasiado tarde se dan cuenta los inocentes compradores de que el o los discos pirata no contienen absolutamente nada.
El cliente mordió el anzuelo: Gustavo cortésmente anota su celular en el sobre del disco y su horario de trabajo.
Los pocos que se aventuran a regresar y pedir una devolución tienen 3 opciones: Salen como llegaron, salen con un nuevo disco y sin 50 o 100 pesos en el bolsillo o salen pálidos después de que Gustavo y sus amigos los convencen sutilmente (con un desarmador y algunas amenazas de por medio) de que la devolución del dinero es imposible.
IV
Es amigo de “El Tiger”, pero a diferencia de él, Fernando se mueve a lo largo del Eje Central y no tiene un lugar fijo. Tampoco tiene tarjetas de presentación.
- Busco un antivirus, el Norton que acaba de salir, ¿lo tienes?
- Claro que si, tenemos la versión 2008.
- ¿Cuánto vale?
- Cien pesos
- Me lo llevo.
- Cámara, aguántame aquí, ahorita te lo traigo.
Diez minutos después llegó Fernando con un sobre azul. En una cara se leía el nombre del programa.
- Déjame revisarlo… oye, ¿no estará vacío el disco?
- No carnalito, lo que pasa es que el programa pesa mucho y está en todo el disco, por eso se ve así.
- Oye, y si sale mal o algo, ¿te lo puedo traer y me lo cambias?
- Si, te apunto mi número.
Al día siguiente…
- Oye, tu disco si estaba vacío.
- ¿En serio? Lo que pasa es que son dos, porque el programa pesa mucho. El otro disco te sale en 50 pesos.
V
Me aventuré a explicarle detalles técnicos sobre el programa en cuestión y a decirle que lo que estaba haciendo era un robo descarado. Nos armamos de palabras.
Sus amigos se acercaron, intentaron taparme el paso y desviar mi rumbo hacia la entrada de un edificio en donde se encontraban algunos otros piratas. Logré safarme y caminé rumbo a una parada de camiones, junto a un policía. Fernando y los otros sujetos dudaron un poco y comenzaron su letanía diaria.
Saqué el disco inservible de mi morral, esperé a que un grupo de gente pasara cerca, le aventé el disco a Fernando e indignado grite: “Toma tu disco vacío, pinche raterillo”.
Curiosamente el celular de Fernando y el de Gustavo son el mismo. Curiosamente el policía que observó la escena no hizo nada… y curiosamente, al pasar por el puesto de Armand, me recomendó no aparecerme por allí en un buen rato.
Al alejarme de aquel lugar, y con resultados periodísticos positivos, un murmullo rítmico de voces, sirenas de ambulancias, patrullas y autos se disolvía poco a poco…
¿Qué necesita?, ¿qué le hace falta?, Tenemos Windows, mac, antivirus, traductores… Pregunta, mira, nosotros tenemos lo que necesitas, lo que te hace falta…
mayo 14, 2009
LOS INCIERTOS FANTASMAS DE LA INFLUENZA

Juanito es un niño de 10 años. Hijo de indígenas oaxaqueños. Como todos los días, camina por los restaurantes cercanos a la Alameda Central de Oaxaca en donde vende lienzos hechos en papel amate y pintura de acrílico, “cuestan 20 pesos” dice a los turistas y les canta a capella el tema La de la mochila azul.
En la ciudad de Oaxaca las tardes de mayo habitan atisbos de tranquilidad. Todo parece en orden. Hasta hace unos días la gente, cabal, usaba un cubre bocas como medida preventiva ante la alerta de la influenza humana. La capital permanecía a la expectativa; el pasado 13 de abril se había anunciado la muerte de una mujer a causa del virus atípico, y se sumaban para entonces 29 casos sospechosos en la entidad, motivo que causó pánico entre la población.
A más de dos semanas de la alerta sanitaria, se respira un dejo de serenidad. La normalidad se asoma de regreso a la capital. Turistas caminan por las calles principales. Comerciantes ambulantes montan nuevamente sus puestos. Del portón de la iglesia de Santo Domingo entra y sale gente después de verle sus misas interrumpidas y a sus santos olvidados. A unas cuadras, en el mercado Benito Juárez, el local de La abuela cocina las mejores tlayudas de la zona (platillo típico de Oaxaca). El lugar en su totalidad luce pletórico.
Juanito recorre las mesas del restaurante “El Importador” sosteniendo los vistosos pergaminos con sus manos. Su rostro luce inquietantes cicatrices por quemaduras; pero lo que más inquieta en él, es su salud. Estornuda, moquea, y con los ojos llorosos trabaja. Con su voz frágil me dice que no lo han llevado al doctor, “mis papás sólo me dicen que tengo que trabajar”.
Sin atención y sin las medidas de salud necesarias, Juanito ha pasado los días de epidemia trabajando. Sus padres nunca lo atendieron, nunca le informaron del uso del cubrebocas; pero así como él, tampoco los artesanos, indígenas, padres de familia, extranjeros, barrenderos, marimberos, taxistas, cómicos, oficinistas, comerciantes, oficiales, que se les ve pasar por el centro y regresar a sus labores cotidianas, portan la famosa tela preventiva. Los únicos que la usan son los meseros de restaurantes cercanos al Zócalo, que para entonces, pareciera formar parte de su uniforme de trabajo.

De la Influenza atípica los oaxaqueños prefieren mantenerse al margen de la incertidumbre. Antonio, comerciante que coloca su changarro de globos de helio frente a la parroquia, me comenta que los trabajadores ambulantes no vendieron nada en los últimos días de abril. “Apenas esta semana regresamos” me dice. Con el cubrebocas colgado del cuello, una mano en la nuca y otra en el bolsillo, comenta “a mi se me hace que esta enfermedad es un invento, es puro truco del gobierno. Ya no le creemos nada al gobernador” afirma.
Para el señor Antonio, la epidemia humana ha sido sólo una estrategia del gobierno. Para otros, duró tan sólo unos días y es momento de regresar a la normalidad. Habita el sospechosísimo. Y para niños como Juanito, nunca existió, porque no hubo nadie que le explicara la crisis sanitaria por la que comenzaba a pasar el país.
Ahora, al pequeño se le ve enfermo, quizá de un resfriado común, pero aún siendo la gripe más eventual, las repercusiones que a la larga pudieran traer en él, pudieran ser tan letales como la del virus atípico.
****
El sol de mayo cubre con intensidad la capital oaxaqueña. Sus rayos distinguen los laureles de la India, el tule y el ahuehuete, árboles que pintan de verde las jardineras y el parque central de la Alameda. De la epidemia, en realidad, quedan pocos vestigios. En algunas ventanas cercanas al centro, se asoman letreros hechos con cartulina y plumón: “aquí tenemos tapa bocas”. La señora Rosy, vendedora de estos artículos que, recién comenzó la alerta sanitaria, fueron muy solicitados, “ahora nadie pide por ellos” comenta. Todavía la semana pasada se vendieron por lo menos 15. La gente ya no cree que continúe la enfermedad, se está confiando” afirma.
En la terminal de autobuses de la capital oaxaqueña se coloca desde hace unos días una camioneta de la Secretaría de Salud de Oaxaca (SSO) para ofrecer información sobre la influenza humana y atención médica gratuita a la gente. Regalan folletos y realizan chequeos generales a los viajeros. Quizá la influenza humana prefiera viajar en autobús, porque son pocas las zonas de la ciudad, en las que se ven vendavales de brigadas que atienden la prevención y atención de esta enfermedad.

Esta es la estampa que se dibuja en la capital oaxaqueña, gente que confía y otra tanta que prefiere dudar de lo que ve y de lo que se dice. Mientras tanto, Juanito sigue cantando, vendiendo y sonriendo la miseria de todo un pueblo, sumergido en tiempos difíciles, de crisis, conflictos y epidemias de resignación.

mayo 02, 2009
Una Condesa desolada
Como un domingo entre semana se observan las calles de la famosa colonia Condesa, céntrica zona de la ciudad de México donde lo mismo se puede tomar un café mientras se compra un libro, o visitar algunas de sus exóticas boutiques que en sus aparadores lucen objetos modernos, hindúes, hippies y esotéricos.
Este lugar de gustos eclécticos es el favorito de cientos de capitalinos. Su vida nocturna nunca duerme, sin embargo a una semana de la amenaza de la influenza humana, en los andadores de este conjunto urbano y comercial, reina el silencio.
En los más de 150 establecimientos comerciales de la colonia se respira un vacío indolente que ni el mismo desasosiego llena. Muchos negocios prefieren no dejar pasar la última oportunidad de venta y asoman sus letreros de “se vende comida para llevar” con la esperanza de que al menos un cliente boquiazul se acerque y les haga el día.
Hace una semana por la noche, la tienda Mission Brand ubicada en la calle Michoacán, regalaba a la gente ron con refresco de cola en vasos desechables como parte de su fiesta de aniversario. El festejo llegaba hasta la banqueta, donde los jóvenes brindaban con una alegría perdurable. Ahora, el mismo punto de encuentro, se haya con un silencio fantasmal.
Los dueños de estos comercios son los más preocupados. Siguen las recomendaciones de los medios de comunicación y la alerta emitida por el Gobierno del Distrito Federal de mantener sus establecimientos cerrados. Sin embargo, esperan que la situación mejore y puedan volver a sus labores cotidianas. “A ver que pasa”, se les escucha decir, esperando no verse muy perjudicados por esta eventualidad.
“Las ventas cayeron un 80%” dice María Hernández, encargada del restaurante Frankfurt de la calle Tamaulipas, que desde el domingo por la tarde tuvo que cerrar, justo cuando en días habituales, la gente consume más. “La venta generalmente la tenemos en fines de semana y hasta la noche”, dice.
En otros establecimientos optaron por aprovechar los días de asueto para dar mantenimiento a sus negocios. “Mejor nos pusimos a pintar”, comenta el administrador de un restaurante de comida argentina, quien asegura que han sido días muy malos en consumo.
Lugares como la “cafebrería” El Péndulo sólo mantienen su librería abierta. Las actividades artísticas se han cancelado, así como su servicio de restaurante. A inicios de este mes se presentaría el cantante Fernando Delgadillo, concierto que tuvo que ser aplazado para los primeros días de junio. “Estamos a la expectativa”, dice Arturo Rodríguez gerente de esta sucursal. “Han bajado las ventas en un 90%; el lunes todavía había gente y más o menos la libramos, pero ahora, esto sí nos está pegando duro”, comenta.
En el restaurante la Garufa los empleados prefieren no asistir, esto lo asegura el encargado del negocio. “No hay trabajo, la situación está muy grave. Mucha gente depende económicamente de este lugar; meseros, cocineros, los que atienden la oficina. Hoy hemos vendido sólo 200 pesos” afirma sin aliento.
El titular de la Secretaría de Gobierno del D.F. José Ángel Ávila, informó que a todos los meseros se les dará un apoyo de 50 pesos diarios, y a los negocios se les entregará un manual de orientación económica para ayudarles a salir de este periodo de riesgo. Eduardo Rangel, gerente del bar Pata Negra, escéptico comenta que están enterados de este apoyo, pero hasta el momento no les ha llegado ninguna información.
Detrás de las ventanas de estos negocios paralizados, los meseros observan la tele sin apuro. El servicio de valet parking de los cafés, restaurantes y clubes nocturnos, no es una necesidad en estos días. Mesas que comúnmente ocupaban las anchas banquetas, se encuentran arrinconadas dentro de los locales. Y la gente, abrumada, camina con un cubre bocas que se ha convertido en un accesorio personal imprescindible como medida de protección por la actual contingencia epidemiológica que no deja de sonar alarmante en los diferentes medios de comunicación.
marzo 04, 2009
Ciudad de Nadie

I.
A quién le importan los finales felices.
Con arrebatos de angustia, los transeúntes chocan sus codos, como si fueran armas punzantes que desafiaran en cada empellón la capacidad de defensa brutal y crispante de ésta siempre tan perturbada masa citadina. Ruin y molesta ocurre la travesía. Hazaña que al mismo tiempo se vuelve perniciosa e ineludible.
Desde el resquicio de la salida “A” de la escalera del metro, se logra ver la media luz del imperioso anochecer. A lo lejos se escucha el vociferar de los vendedores que continúan sobre la avenida Insurgentes Norte ofreciendo sus artículos piratas, acompañando a los conductores que desde sus volantes aguardan el último turno de salida de sus desvencijados microbuses.
Ya afuera, sobre la vía pública, se vive el arte noctámbulo de los confines de la ciudad. Gente toreando coches encabritados, esquivando perros escuálidos, tropezando con los despojos desperdigados que arrojó el día comercial, eludiendo ancianos taciturnos, mujeres calmudas, y empujando a uno que otro despistado que pudiera entorpecer el abrumador desfile de la vesania capitalina.
La oleada humana se dirige hacia el paradero de autobuses como una mancha zombi. A lo largo de la oscura travesía se escucha el taconeo constante y presuroso de las figuras errantes que huyen de la escaramuza citadina. Las arterias urbanas se hinchan al ver correr esta inminente aglomeración.
Aquí es donde comienza a oler a desperdicios. Donde el puesto de carnitas exhibe sus últimos trozos de nana y de buche en la esquina de Insurgentes y la calle Colcháhuac, al lado de los baños Sanirent que cobran tres pesos la entrada a mujeres y hombres.
Pero de todo lo que se mira, hay algo que sobresale: el misterioso vaho que emerge de las coladeras y que gratuitamente puede percibir cualquiera que pase por la zona. Es un olor nauseabundo, enfermizo, originado por los desechos que los negocios itinerantes y los peatones se dieron el lujo de arrojar a lo largo del día.
II.
Los colectivos de la Ruta 51 que van rumbo al municipio de Ecatepec, esperan la indicación de salida. El anunciante lanza un agudo chiflido seguido de un “¡Súbale a la Estrella, sí hay lugar!” La gente sube con cierto orden, y ya estando arriba, se refugian uno a uno en los raídos asientos.
El microbús comienza a andar con cierta fatiga y los viajeros afianzados en el furgón, se vuelven sumisos ante el vaivén del subversivo viaje. Envainados en los pensamientos, es probable que se creen atisbos de llegar pronto a casa, cenar con la familia, ver a los amigos, o simplemente descansar de la ardua faena laboral.
Pero la larga travesía distrae a ratos el pensamiento con el corrupto paisaje. La luz tenue que refleja el alumbrado público en esta avenida resulta ser insuficiente, brinda incluso, una experiencia claustrofóbica.
Enfurecido, el motor del colectivo enmudece los timbres histéricos de los autos que transitan por los límites del Distrito Federal. La ruidosa aventura vehicular se aleja al subir la pequeña colina que separa los suburbios del Estado de México con la metrópoli.
A estas alturas la gente bosteza. Con las mejillas trémulas por el rítmico traqueteo, la mayoría queda absorta y entregada ante el cotidiano santiamén.
En la parte trasera del microbús se tiene un amplio panorama del trayecto. Los pasajeros que suben y los que bajan, los que platican, los que leen, los que duermen, los que observan…
A mi lado izquierdo se encuentra una chica ensimismada en sus auriculares que le hacen balancear las piernas y musitar una canción. A mi derecha, un adolescente con gorra y una mochila que aprieta entre sus brazos.
III.
Justo cuando comenzaba a sentirse la quietud del fin de semana, cuando la noche nos cobijaba entre su serenidad y la rutina terminaba con el trance de la urbe, la adrenalina se dispara súbitamente después de escuchar un enérgico: “¡Saquen la lana hijos de la chingada!”. El chofer del colectivo (perplejo) detuvo el motor y apagó las luces, tal como el agresor había ordenado.
Un tipo furioso había subido a asaltar nuestra tranquilidad. Debo confesar que si bien quedé atónita, lo primero que hice fue esconder el celular en la bota (afortunadamente ancha) y sacar el billete que me había quedado de la semana, porque ¿qué es lo que hace uno en estos momentos? Gritar-correr-resistirse, ¡imposible! Eres parte de la peripecia y como tal tienes que contribuir, de lo contrario, saldrás lesionado ante la funesta embestida.
A un chico de los asientos de adelante le sucedió. Obstinado, se resistía a entregar su cartera al maleante, quien terminó por golpearle la cien con el cañón de la pistola. Aquél quedó lisiado por el golpazo, y finalmente le entregó su billetera.
Con hoscos impulsos y el arma en la mano apuntando a las cabezas de los amedrentados pasajeros, el delincuente comenzaba a recorrer el angosto pasillo, dirigiéndose hacia el sillón de la parte trasera donde me encontraba yo, vulnerable, y con mis cincuenta pesos en la mano.
Entonces ¡oh, sorpresa! El chico de gorra que sentado permanecía a mi costado, se levanta valerosamente y con voz bizarra y el hálito desgarrado le grita: ¡déjalos en paz, cabrón! ¡Bájate! ¡órale hijo de tu puta madre o me cae que te plomeo! apuntándole decididamente con un arma que parecía más profesional que la del mismo asaltante, quien exaltado por el contra ataque, bajó ágilmente por la puerta delantera.
El huracán de adrenalina nos dejó paralizados. El chofer encendió nuevamente sus luces mientras que el joven audaz, guardó su arma en la mochila y enseguida bajó del microbús, deseándonos buen fin de semana.
¡Qué ironía! ¿De dónde habrá salido este “héroe anti-atracos”, “valeroso intercesor”, “Rambo guerrero”? ¿Por qué su intrépida intervención (catalizadora de ira) nos había librado de un inminente asalto, pudiendo pasar algo fatal?
En la Ruta 51 (como en muchas rutas de la ciudad de México) se ha quedado un olor a impotencia, delincuencia e inseguridad. A la esencia enfermiza que se disuelve entre diversas avenidas de la urbe.
No hubo heridos esta noche, ni muertes que lamentar (¿motivo de alegría?). Entonces, la artimaña del disimulo podrá continuar, como siempre en esta sociedad que "nada" lo ve, que todo lo vive…
marzo 03, 2009
La visita inesperada

Por Füguemann
La Visita
Hace un par de noches me visitó un viejo amigo. Su visita fue tan sorpresiva que aún no doy cuenta de ello. Llegó en una camioneta Blazer. Roja. Bien equipada. Uno de esos vehículos de procedencia americana que conforme pasan los años, se ven más y más circular por todo el territorio nacional.
Arreciaba el frío. Lo saludé. Bebía una botella de whisky. Escuchaba al Cártel de Santa. “Es el volumen prohibido”. Éste disco contiene temas que su autor “Babo", el vocalista, escribió cuando estuvo en prisión por asesinar a su compañero Ulises Nayit Buenrostro “accidentalmente”.
Alejandro cantaba “Dicen que son gánsters si no le han jalado. Dicen que son gánsters si nunca han robado. Dicen que son gánsters si nunca han bateado”. Se veía contento. Fumaba marihuana. Me platicaba de su vida. Hacía varios meses que no sabía de él. Parece que estuvo de viaje.
Unos años atrás
Los 28 años de vida que tiene Alex han sido duros. Creció sin una figura paterna. Es el tercero de cinco hijos. El varón mayor. La secundaria la dejó apenas al segundo año. Sus amigos siempre fueron mayores que él. Con ellos aprendió todo. Desde el cigarro hasta el robo. Lo que empezó como un juego para él, hoy es una realidad para su familia. Ha estado en prisión un par de veces. No por mucho tiempo. Cómo él dice, siempre ha corrido con suerte.
Su viaje
Calza tenis Adidas. Negros. Casi nuevos. “Me los compré en Colombia, en Bogotá”. Mi sorpresa creció ¿Fuiste a Colombia? “Sí a Colombia, cómo ves” ¿A qué? “No te puedo contar” ¿Por? “No puedo andar contando pero estuvo chingón el viaje, se gana buena lana”. Prendió un cigarro y bebió.
La trayectoria
El disco seguía tocando. Canciones cuyas letras transcurren entre drogas, asesinatos, celdas, pandillas, mujeres, sexo. “La pura vida real”. Alex empezó como todo ladrón inexperto. Primero los dulces y luego las cervezas. Pero la vida nos va enseñando. Luego fueron bicicletas, después auto estéreos, lap tops, y un sin fin de cosas más.
“Todo está arreglado”
“Lo mejor de Colombia son las viejas”. Su mirada extraviada, y unos cuantos tragos de whisky más, aligeraron sus palabras. Comenzaron a fluir como la noche. “La neta todo está pagado, el avión, el hotel, la policía, todo, lo único que tengo que hacer es llegar con las cosas hasta allá, donde me reciben a toda madre, hasta con viejas y toda la cosa”
Sigo atento. Nada me queda claro. Pero dime, ¿qué llevas? “Neta no te puedo decir, pero ya te has de imaginar, se necesita ser pendejo para no saber o imaginarlo”. No sé, repito. “ Lo único que te digo es que todo está bien organizado y no soy el único, me pagan entre 20 y 25 mil por viaje, está chingón y no hay pedo, la próxima me voy a comprar una moto”.
No quise saber más. Llevé la plática por otros temas. Hablamos de amores y amigos, de parrandas y fiestas. De esas cosas que se hablan en una camioneta roja, bebiendo, fumando y escuchando Hip Hop. Con un viejo amigo que hablaba de su vida.
Las noches en que pienso
Siempre he pensado que los juicios de valor se hacen aparte, y nunca son buenos. ¿Qué se hace cuando un amigo te abré su corazón? ¿Dónde queda el periodismo frente a la amistad? Lo sigo pensando. Muchas noches antes de dormir lo repaso todo. Lo vivido y lo aprendido. Creo que no hay escuela que lo pueda enseñar. Ni amigo que lo quiera aprender.
Alejandro tiene tres hermosas hijas. Todas con diferentes mujeres. “Las amo un chingo y quiero que tengan lo que yo nunca tuve, todo es de ellas”. No hay excusas contra los malos actos ni perdón por el destino de la vida. Sólo hay hombres de errores grandes y decisiones buenas.
¿Nosotros de qué lado estamos?
marzo 01, 2009
Colaboración especial
Aquí no viene cualquiera:
Santa Fe, México
por José Noé Mercado
UNO
Acudo a Santa Fe por un siniestro. Una compañía aseguradora debe extenderme un cheque por concepto de daños automovilísticos a terceros. Yo soy ese tercero y aquí me encuentro, en el poniente de la inabarcable ciudad de México. En Santa Fe, que es vestigio de un pueblo hospital novohispano, minas y tiraderos, lo mismo que un elitista barrio financiero y concepto aspiracional y galáctico.
En Santa Fe, la exclusividad, la pretensión y la vanguardia es la idea. Por algo los corporativos transnacionales más poderosos, de capital mexicano o extranjero, tienen aquí sus oficinas en edificios inteligentes de diseño fashion y han convertido la zona en el conjunto urbano más importante y ostentoso de Latinoamérica.
.
.

.
.
Pero, en Santa Fe, la marginación, la pobreza, el contraste, la problemática de comunicación vial y
el abastecimiento de agua, recuerda como un tatuaje en la piel que, después de todo, esto no es más que subdesarrollo.
Entre mayor opulencia y ostentación hay en el sitio, entre más notorio es el ánimo de primermundismo, más evidente resulta el tercer mundo al que pertenecemos. Aun cuando quien ahora hable de México deba referirse a un país en desarrollo, a una economía emergente. Que, en la realidad, para un porcentaje significativo de la población, se liga más bien a la emergencia.
DOS
Paso por detectores de metal y armas, un vigilante obeso me escanea y entonces ingreso en un edificio de cristal y acero. Aunque tiene decenas de pisos hacia arriba, desde donde todo, empezando por las personas, se mira pequeño, insignificante, iré hacia abajo.
Antes, me registro.
Una recepcionista rubia oxigenada y fresa me exige la credencial de elector. O mi carnet de conducir. Si no, no hay paso. Me da un gafete numerado de visitante. La extranjería queda señalada. Un par de policías vigila el proceso, escrutándome a la vez.
Un elevador de alta velocidad me sumerge cuatro niveles. Al salir, otro vigilante armado me pregunta si soy quien soy. Sí, le digo, pensando que quizás me atenderán de inmediato en la aseguradora. Pero no. Me interroga porqué bajé en ese piso, si debo ir a otro. Me hace saber que estoy en el lugar incorrecto, pero sobre todo que me vigilan a cada paso con cámaras ocultas. Onda reality show.
De nuevo, al ascensor. Aunque igual bajo.
Ahora entro en una oficina que tiene cómodos sofás de cuero para aguardar turno y cuadros abstractos, que pueden significar cualquier cosa, en las paredes. Me siento, me hundo. Así, el corporativo y su gente se ven más grandes. Hojeo una revista. Ojeo un artículo que explica que la principal generadora de valores, en la actualidad, es la empresa. Atrás dejó a los medios de comunicación, a la familia, a la iglesia. La oficina, ahora, forma o deforma al individuo. Ella, más que nada. Tiene lógica. Pertenecer o no pertenecer. A eso se reduce el dilema.
Por fin llego a una de las numerosas ventanillas, todas de cristal, seguro antibalas, para ser atendido. A mi derecha, un tipo trajeado y robusto desea cambiar las condiciones de su póliza para pagarla en dólares y saca de un portafolios de combinación electrónica varios fajos de billetes verdes. A mi izquierda, una señora de mediana edad discute, acalorada, su caso. Yo tiendo mis documentos a una chica pelirroja y con exceso de maquillaje y me limito a esperar ahí, de pie. Ella lee mis papeles y llena a mano unos formularios y les pone sellos, mientras, sin mirarlos, se pone de acuerdo, en código, a dónde irá a comer con sus compañeros, quienes al fondo, en cubículos desmontables, están enchufados a sus computadoras y a micrófonos de diadema. Listo, me dice, sin verme, vuelva en tres horas y podrá recoger su cheque aquí mismo. Imposible ir y volver en ese tiempo, que es el que a causa del tránsito infernal los oficinistas tardan sólo en venir o irse de estos rumbos. Mínimo, debo permanecer 180 minutos más en Santa Fe. Uf. Qué me queda.
TRES
Caminar por la zona de corporativos es complejo. Las distancias son largas a pie. Cortas, y por tanto inviables, en automóvil. El terreno es inconstante, pesado al andar. Como en toda barranca, hay subidas pronunciadas que luego se vuelven descensos enroscados. Los rascacielos, varios de más de 100 metros de altura, otros sobrepasan los 150, se construyen ya los de más de 200, muestran que los corporativos trascienden a todo individuo. De alguna manera, los aplastan. Fuera de los edificios diseñados por arquitectos de prestigio, en las explanadas, algunos oficinistas que portan con orgullo un gafete de pertenencia en la cintura fuman cigarrillos, beben Coca-Cola-Zero o comen fruta acarreada en un Tupperware. Una pareja discute. La chica llora, pero lo disimula al verme pasar.
Una de las avenidas principales de Santa Fe lleva el nombre del misionero Vasco de Quiroga, quien fundó este pueblo en 1532, con la idea de albergar a los indígenas marginados, a los pobres, a los enfermos, a los ancianos y a los niños. Hoy, Tata Vasco podría volver a fundarlo, puesto que, si bien hay mansiones de película en el área habitacional que valen millones de dólares, los desprotegidos siguen en los alrededores, en colonias proletarias, en casas modestas construidas por el ingenio y habilidad de albañiles que nunca podrían ser cool. Ahí, en esa otra pero misma Santa Fe que también fue minas y tiraderos de basura, la gente sí anda por las calles, sin traje sastre ni perfumes costosos, y compra comida grasosa en las esquinas.
CUATRO
Al Centro Comercial Santa Fe, desde que se inauguró, en 1993, el más grande de América Latina, con sus 5 mil cajones de estacionamiento, con más de 300 firmas exclusivas en sus tiendas, sólo se puede llegar en carro. O en taxi o micro, pero no a pie. Las avenidas son grandes, peligrosas para un peatón, o de plano es un tramo de carretera.
En ese tipo de calzadas principales no se puede estacionar sin que te levante una grúa, de las muchas que acechan. Por ello, las calles pequeñas, sobre todo las cerradas de un lado, están invadidas por coches que son vigilados por franeleros pandrosos que cobran, a cada uno, cuatro dólares al día por su labor. Lo que, sin duda, aunque tiene algo de informalidad, resulta más económico que entrar en un estacionamiento, de los pocos que hay por el rumbo, y pagar la misma cantidad, o sea su equivalente en pesos mexicanos, pero por hora.
CINCO
Han pasado casi tres horas, desde que salí de la aseguradora. Debo volver por mi cheque, sin haberlo visto todo, pero con la impresión de que, en esencia, sí lo vi.
Abordo un taxi de sitio, es la única opción, lo que significa que no cobra con taxímetro, sino a ojo de buen cubero. O sea, a capricho del chofer. No mames, por qué ocurre eso, le pregunto. Por la simple razón de que aquí no viene cualquiera, wey, me dice queriendo mostrar más mundo que el mío. A Santa Fe, o se viene porque puedes: gastar, consumir, comprar, o vienes porque debes: trabajar, venderte, sobrevivir. Yo por qué vine, reflexiono, a esta especie de yin y yang sin equilibrio: ¿porque puedo o debo? El siniestro, supongo, tiene la respuesta. ♠
José Noé Mercado es escritor, periodista, crítico musical especializado en ópera e imparte clases en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. DesFromaliza recomienda su blog, se puede entrar en la liga de la barra izquierda.
Protegido por:
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0 License.